Sábado 21 Octubre 2017

Los Juegos Olímpicos de Río que no vemos en televisión

 
RÍO DE JANEIRO — Durante la final de clavados sincronizados de tres metros de altura celebrada el domingo, parecía que sucedían dos cosas al mismo tiempo: lo que se mostraba en una gran pantalla de video en un recinto al aire libre y lo que sucedía ante nuestros ojos. En la pantalla, el sol parecía brillar pero en la realidad, no lo hacía.
 
Los juegos olímpicos se ven diferentes en persona. La televisión no solo enmarca y edita la acción, también le añade brillo y luminosidad. Esas imágenes exuberantes, inmaculadas, que nos ofrecen las transmisiones televisivas son como caras maquilladas, eso sí, con buen gusto y de buen aspecto, pero sin alma, sin textura.
 
¿Qué se siente en persona? La respuesta es que es una sensación rara, a veces molesta.
 
Primero lo primero: la seguridad. Conforme se acercaban los juegos existía preocupación por la criminalidad y se reportaron algunos atracos desde que llegaron los atletas. Lo que ha quedado claro es que Río es el lugar más seguro de los sitios más peligrosos que podrías visitar en tu vida. Cuando caminas por la calle no se siente ninguna amenaza hasta que caminas acompañado de alguien de Río.
 
Entonces descubres que estás rodeado de una atemorizante lista de peligros, que incluye a asaltantes armados con cuchillos. Las playas de Copacabana parecen un paraíso de la ropa de baño minimalista; hasta que te dicen que hay jóvenes delincuentes que se arremolinan en la arena y se roban todo lo que no esté escondido o anclado al suelo.
 
Ah, ¿y qué con esos amables conductores de taxis amarillos que te llevan de un lado a otro? Que algunos de ellos recibirán tu billete de 50 reales (unos 17 dólares) y dirán que era un billete de cinco para quedarse con el cambio. Cuentan que incluso algunas máquinas roban: los cariocas juran que se han encontrado con cajeros automáticos que registran que te han dado el dinero cuando, en realidad, no lo han hecho.
 
Cuanto menos hables con los cariocas, más disfrutarás de este lugar. El Lagoa Stadium, donde se celebran las pruebas de remo, está cerca de Leblon, una de las zonas más exclusivas de la ciudad. A su alrededor, se elevan hacia el cielo las montañas exóticas; parece un set cinematográfico. Hasta que algún local te comenta que un inmenso edificio blanco ubicado a pocas cuadras de distancia es un complejo de viviendas donde las pandillas de traficantes de vez en cuando se lanzan granadas caseras.
 
“A veces se disparan en la calle cuando los niños salen de la escuela”, dice un carioca.
 
La sensación generalizada de temor y peligro parece haberse instalado entre los aficionados antes de viajar a Río. Un hombre de unos 50 años que salía de Lagoa con su esposa y algunos amigos dijo que dejó su argolla de matrimonio en su país. “Es la primera vez en 27 años que no la uso”, dijo, levantando la mano izquierda. Y todos sus acompañantes llevaban el dinero entre los calcetines y en escondites de los bolsillos.
 
Hay unos 85.000 soldados desplegados por la ciudad y muchos de ellos están en las sedes olímpicas. Algunos están armados con fusiles de asalto y siempre mantienen el dedo en el gatillo como si fuesen los guardias de seguridad que vigilan una entrega de dinero cerca de un camión blindado. Algunos efectivos se desplazan en camiones de color verde oscuro como los que se usan en la guerra.
 
Este despliegue de fuerza solo reconforta de manera intermitente. La semana pasada, la abundancia de armas provocó un momento de alarma, cuando una bala de alto calibre impactó en la carpa de los medios de comunicación del Centro Ecuestre. Al parecer, dispararon desde una favela contra un dirigible que la policía utiliza para labores de seguridad.
 
Durante una conferencia de prensa, un portavoz de los juegos describió el episodio como un “suceso desafortunado” y recalcó que “todas las vidas son importantes, las de los caballos, los perros y las personas”.
 
Un reto logístico
 
Aunque en televisión solo parecen una serie de competiciones deportivas, las olimpiadas son el evento de mayor complejidad logística del mundo. Cuanto más los ves, más crees que es una locura que alguien quiera asumir esta responsabilidad de forma voluntaria. Es necesario construir una ciudad mediana, en una ciudad ya existente, un reino que durante tres semanas necesita suministros de agua, comida, electricidad, transporte, recolección de basura, venta de entradas para muchos eventos y todo lo relacionado con la gestión de una enorme masa de empleados y voluntarios. Eso es solo parte de la lista.
 
Se convierte en el rompecabezas más complicado para cualquier organizador de eventos y la manera en que cada país lo soluciona refleja su carácter nacional. En Sochi, Rusia, los juegos tuvieron una extraña mezcla de incompetencia (casas mal construidas y sin terminar, por ejemplo) pero buena coordinación (el transporte era puntual), en resumen, lo que te esperas de un régimen autoritario y corrupto.
 
Brasil ocupa el lugar número 65 en la lista de países corruptos, frente al 105 de Rusia, pero no es una nación dirigida por un abusivo como Vladimir Putin que inspira miedo para conseguir buenos resultados. En su lugar, es una democracia en la que el 60 por ciento de los legisladores están acusados de corrupción.
 
Lo que motiva a los responsables de las olimpiadas no es el miedo; el ambiente es relajado. Un reportero británico que trataba de llegar a su hotel desde Deodoro, una de las sedes olímpicas en el oeste de la ciudad, le preguntó a una voluntaria: “¿Cuándo llegará el transporte?”. La mujer le respondió que “en diez minutos”. Acto seguido, el periodista solo dijo: “Llevas una hora diciendo eso”.
 
 
En ocasiones, los juegos son como una receta compleja a la que le faltaran algunos ingredientes clave. Hablemos de la señalización. No solo se trata de las traducciones deficientes, lo extraño es la ausencia de señales que marquen los “lugares a los que dirigirse”, cosa que le añade varios grados de dificultad a una ciudad tan compleja como Río.
 
Los autobuses son un ejemplo: son un medio de transporte muy importante pero en los primeros días había muchas paradas que solo estaban marcadas por un poste verde.
 
También faltan señales que recuerden que se están celebrando unos juegos olímpicos. Lo normal es que la sede esté llena de carteles que hagan imposible dar un paso sin que algo te recuerde qué evento se está llevando a cabo. En Río, solo se entregaron a tiempo el 15 por ciento de los avisos encargados para la ceremonia de inauguración, según los organizadores, quienes tuvieron una reunión de emergencia con el proveedor.
 
Además, pasas por muchos lugares que no tienen el personal suficiente. Eso no tiene lógica. De hecho, si pensamos en una imagen que simbolice este evento, lo adecuado sería decir que son las filas de gente esperando. Se han registrado filas de hasta 90 minutos para entrar a un evento y formaciones tan largas para comer que los organizadores tuvieron que multiplicar por diez el número de empleados y eliminar los platos complicados de los menús.
 
La noche del domingo de la semana pasada, la fila para entrar a una tienda de recuerdos en el parque olímpico era de cientos de metros. No se veía dónde empezaba.
 
 
 
 
Desparramado por la ciudad
 
Cada olimpiada tiene un carácter propio pero definir el de Río será difícil debido a que las competiciones suceden en lugares muy distantes. El vóleibol de playa se juega en Copacabana, un barrio densamente poblado que por décadas ha sido muy conocido por sus playas y fiestas. El atletismo, una de las principales atracciones de los juegos, se celebra en el Estadio Olímpico, cerca de un barrio llamado Engenho de Dentro, casi 20 kilómetros al norte.
 
Tampoco se encuentra nada de eso en el parque olímpico, que se supone que es el centro de los juegos. Está al oeste de la ciudad, en una zona llamada Barra da Tijuca, un barrio de reciente construcción que es una zona repleta de docenas de edificios de apartamentos entre los que se intercalan centros comerciales para la clase alta. Hay concesionarios de autos en los que se vende cualquier modelo que puedas imaginar y muchos que ya has olvidado. Resulta útil porque el barrio no está concebido para que nadie camine.
 
El mismo parque es una larga extensión de asfalto. En otras olimpiadas, los organizadores decoraban las instalaciones y parques con adornos, esculturas o bancos. Aquí no. Este es un lugar en que vas del punto A hasta el B sin preocuparte por la posibilidad de que termines en el C. Hay sitios para comprar comida, algunas mesas, un McDonalds en el que se venden helados y un centro comercial. En medio, está el estudio de Globo, el conglomerado multimedia más importante del país. Y eso es todo.
 
En contraste, cuando caminas más allá del estadio de vóleibol en la playa en Copacabana, encontrarás que la vida urbana es mucho más abierta y entretenida. Hay gente que vende el cóctel nacional, la caipirinha, una mujer vestida de mimo que infla burbujas o un hombre que acepta apuestas de gente que cree que puede acertarle con un balón a dos botellas colocadas con cuidado, que se mueven pero nunca caen. También hay personas regalando biblias.
 
El Hotel Copacabana, que está casi frente al recinto donde se juega al vóleibol, ofreció un espectáculo de alta tecnología en el que parecía que había mariposas de todos los colores volando en el exterior del edificio y pintando las banderas de diversos países mientras una nueva versión de Vivaldi retumbaba en los altavoces. La gente que caminaba por la calle se detuvo momentáneamente con algo de temor y, cuando terminó la actividad, rompió en aplausos.
 
Puede que estas sean las primeras olimpiadas en las que no puedes transportarte en un tiempo razonable; a menos que arreglen el problema del transporte. La aplicación para el transporte le dice a sus usuarios que si quieren ir de Copacabana al centro ecuestre, a unos 40 kilómetros, el viaje durará dos horas.
 
Pero los juegos olímpicos son un organismo viviente, es decir, que aprenden. El mismo viaje puede que dure la mitad de tiempo en unos pocos días.
 
Respecto a los recintos, ninguno de ellos parece lujoso. No hay obras realizadas por estrellas de la arquitectura como sucedió en Pekín, que se enorgullecía de su nido de pájaros. Aquí es suficiente con haber organizado los juegos. Aún se ven muchos andamios, incluso en la puerta del parque olímpico. Es como si los organizadores no quisieran herir la sensibilidad de los brasileños, quienes ya protestan por los miles de millones de dólares que está costando todo esto.
 
Los escasos avisos que anuncian los juegos muestran el lema: “Un mundo nuevo”. La frase es desafortunada teniendo en cuenta que ese mundo era el de la economía de 2009, cuando Brasil era un país en crecimiento que se ganó el derecho a organizar los juegos, una nación que había duplicado su producto interno bruto en una década. Pero en la actualidad la economía brasileña está en recesión y su “nuevo mundo” vive un alboroto.
 
Todo esto le da mucho de qué hablar a los cariocas. Gran parte del declive económico del país puede atribuirse al mal comportamiento de los funcionarios públicos. Aunque muchos locales estarán encantados de conversar y mostrar que están contentos de que estés aquí.
 
Tal vez si hubieran sabido que su economía iba a retroceder tanto, habrían preferido cancelar la fiesta. Pero ahora que tienen visitantes de todo el mundo, quieren dar una impresión positiva.
 
“Estamos muy orgullosos de nuestro país”, dijo una mujer que cenaba en un restaurante. “Y queremos que el mundo lo vea”.
 
Dijo que la mayoría de sus amigos habían recibido tres semanas de vacaciones para quedarse en casa y así disminuir el tráfico durante los juegos. No se trata exactamente de un sacrificio, pero se han abierto canales de circulación por toda la ciudad con la intención de que los atletas y los medios puedan circular por calles que habitualmente están saturadas. Eso ha provocado que el resto de los carriles sean una pesadilla. Además, la policía se ha volcado a custodiar los juegos y eso ha provocado un aumento de la criminalidad en las zonas alejadas de los eventos deportivos.
 
Los sacrificios son los trayectos más lentos y el aumento de la delincuencia, y una de las razones por las que insultar la señalización, los autobuses y el tráfico parece grosero. Pero a los brasileños les costó mucho organizar esta fiesta para nosotros. Lo menos que podemos hacer es disfrutarla.
 
 
JUEGOS OLÍMPICOS DE RÍO 2016, OLIMPIADAS, RÍO DE JANEIRO, TRANSPORTE, URBANISMO