Viernes 18 Agosto 2017

Margarito Escudero Luis

Cuando lo impusieron como candidato, quienes se oponían a que Javier Duarte representara al PRI, se alinearon, como siempre lo hacen, acatando las órdenes que quien mandaba en ese momento.

Luego lo hicieron gobernador de Veracruz, y desde el inicio se vieron sus tropelías, su desmedida ambición y su perturbada visión del poder.

Hoy, en el partido tricolor quieres deshacerse de la manzana podrida, ya no les sirve, estorba, apesta y temen que pudra a las demás.

A Javier Duarte no lo corren del PRI por corrupto, ladrón o asesino; de eso hay mucho en el partido, ejemplos claros con Humberto Moreira, a quien casi canonizan, a Fidel Herrera lo premiaron con el exilio cómodo; el más claro de todos los ejemplos es el mismo Enrique Peña Nieto, que después de su desastroso paso por el Estado de México, el PRI lo hizo presidente de la república en una elección severamente cuestionada.

Entonces ¿Cuál es el verdadero pecado de duarte de Ochoa?

Haber saqueado a Veracruz con toda desfachatez, sin ocultar sus fechorías, ser demasiado soberbio, creer que el poder le permitía la impunidad, sobre todo cuando esta se muestra ante todos, nacionales y extranjeros.

Haber formado una pandilla de novatos que se exhibieron sin pudor alguno como lo que son y de paso exhibir a todos los priistas.

Ese es el error que se castiga, por eso lo corren, lo abandonan. Duarte no alcanzó el beneficio de otros como él, no lo exilian, ni le inventan una historia de inocencia (como a Moreira), simplemente lo echan.

Porque el saqueo, los crímenes, las fosas clandestinas, los periodistas asesinados, los despojados de sus tierras, los hospitales sin medicamentos, ni insumos para funcionar, la falta de pagos a pensionados y a proveedores, la falta de obra pública, la inseguridad rampante, el abandono de la Universidad Veracruzana y la constante burla al pueblo veracruzano, siempre estuvieron ahí.

Se denunció contantemente ante jueces y ministerios públicos, en los medios de comunicación no comprados y los priistas que hoy se rasgan las vestiduras, no lo vieron, o no quisieron verlo.

Nadie se quejó, ningún priista alzó la voz para pedir su expulsión, ni pidió su desafuero para ponerlo ante la justicia.

Pero hoy, Javier Duarte es el gran ejemplo de cómo son todos y eso les afecta, les lastima, los exhibe; por lo tanto alzan la voz, se indignan y exigen su salida del partido.

De esa forma se limpian y echan al militante podrido a la sociedad, que sea el pueblo el que lidie con el gobernador vergüenza.

Pero lo mismo debe estar ocurriendo con otros funcionarios emanados del PRI, en otros estados, en mucho municipios, donde la gente, los medios de comunicación están denunciando y no se ve ninguna intención del tricolor de actuar antes de que se avergüencen tanto.

Deben volver sus ojos a la presidencia de la República, porque la tormenta que se avecina, muchos mexicanos la están sintiendo ya y los priistas están felices con su presidente.