Lunes 23 Octubre 2017

Margarito Escudero Luis

Hemos llegado a un límite, dónde la ley ya no tiene fuerza, palabras muertas que no dicen nada, carecen de valor moral para poder ser aplicadas.

Somos una nación con profundas divisiones, donde practicamos, aunque se niegue, la discriminación de todo tipo.

Según el documento que rige toda acción en este país, aquí somos todos iguales ante la ley, no existe la esclavitud ni la discriminación, nadie puede ser perseguido, ni segregado por su color de piel, su religión, sus preferencias sexuales.

Incluso, esa Carta Magna asegura que si un extranjero, esclavo en su patria, llega a nuestro país, por el solo hecho de pisar suelo mexicano, es libre.

Esas son bellas ideas escritas en el documento que le dio forma al país, luego de las sangrientas batallas que se dieron durante la lucha armada de la Revolución Mexicana, palabras que hoy se hunden ante una realidad de oídos sordos y mirada convenenciera.

Porque la discriminación y la esclavitud volvieron a México, primero de forma clandestina, pero cada vez avanza hacia su nueva legalización.

Los primeros mexicanos que discriminan a otros mexicanos, son los políticos, quienes se consideran  a sí mismos una casta superior, diferente al resto de los mortales que tuvimos la suerte de vivir en estas tierras.

Los políticos mexicanos legislan a su favor, siempre anteponiendo sus intereses a los de la mayoría. Los políticos pueden atender su salud en hospitales de gran prestigio en el extranjero, con cargo a los impuestos del resto de los mexicanos.

Tienen el privilegio de aumentarse el salario en la cantidad que se les venga en gana, que se paga con los impuestos de todos los mexicanos y no hay poder superior al de ellos, mientras autorizan un miserable incremento al salario mínimo, “tres pesos de aumento son suficientes, dijo un político que se dice “de izquierda”.

TODO EL PODER

Saben que tienen la sartén por el mango, saben que sólo el congreso que representan tiene el poder de cambiar la situación, saben que mientras mantengan el poder, podrán mantener sus  insultantes privilegios.

Y esos políticos se cobijan con el mismo discurso, sean del PRI, PAN o PRD y todos sus partidos satélites, no pueden atacarse entre ellos, ni hacer valer la ley entre ellos.

Eso es lo que vimos en una farsa más para mantener entretenidos a los ingenuos mexicanos que todavía creen que pueden cambiar.

Jamás acusarán a un miembro de su grupo de corrupto, pues eso los exhibiría a todos, no expulsarán a nadie, menos encarcelarán a alguien que finalmente les sirvió para hacer grandes negocios.

No en este momento, en que se juega la elección presidencial y que, de cambiar el rumbo, muchos serían perseguidos, se transformarían en delincuentes comunes y perderían todos sus insultantes privilegios.

Sentar un precedente de castigo, expulsión y abandono de uno de los suyos, representaría que, en cualquier momento de la historia, pueda estar cualquiera de ellos en la misma situación.  

SÓLO PALABRAS

Lo que dicen las leyes mexicanas, emanadas de la Constitución, son bellas ideas de democracia, igualdad, en aras de logar que la Nación avance y se fortalezca.

Lo malo es que aquellos políticos ya perdieron de vista cuáles son los postulados revolucionarios, ellos adoran el dinero y a los extranjeros, no se sienten mexicanos, no son compatriotas de los trabajadores, de todos aquellos que se ganan la vida trabajando por un bajísimo salario, con el cual deben cubrir todas las necesidades del ser humano.

Mientras, gracias a su desdén por la vida de quienes debieran ser sus compatriotas, los servicios públicos de salud se han deteriorados, la educación gratuita y laica está en serio peligro de desaparecer para volver a las más viejas formas de dominación, las riquezas naturales del territorio pasan poco a poco a manos privadas. 

Todo eso en medio de una sociedad dividida, una parte viviendo condiciones cada vez más difíciles, estresantes y violentas; la otra parte disfrutando del producto del trabajo de aquella mayoría jodida y restregando en el rostro de los auténticos mexicanos, sus insultantes privilegios.

No estamos hablando del México de principios del siglo XX, sino de la nación mexicana del siglo XXI, cuyos habitantes no se atreven a sacudirse el yugo neoporfirista.

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