Martes 17 Octubre 2017

Margarito Escudero Luis

Hoy no puedo reír con la muerte, no hay razón para festejo cuando se puso del lado enemigo.

Recuerdo a mis muertos con cariño, por todo lo que me dieron y enseñaron con su vida, hoy les pido que acojan con el afecto que les caracteriza a todos los difuntos que la violencia en Veracruz provocó.

Pero la muerte se ensañó, perdió la cordura, se cebó con la juventud Veracruzana, con los mexicanos.

De pronto este personaje, que debiera ser de resignación y aceptación, se transformó en un terrible verdugo y decidió repartir guadañazos sin importarle nada, sin suponer siquiera que su criminal acción provoca el regocijo de seres siniestros que se pasan de vivos.

De buenas a primeras, enlutó miles de hogares mexicanos, donde la luz de esperanza brillaba y el futuro era casi una realidad.

Le añadió a su macabra tarea una agonía espantosa, la muerte de alguien que no la espera, es la más dolorosa, la que tarda más en brindar resignación, la que mata el espíritu de aquellos que se quedan a sufrir una ausencia.

La muerte que hoy celebran como una tradición centenaria, es la misma que re4corre la nación entera buscando cuerpos y almas, carne y sueños. La misma que hizo pandilla con el gobierno asesino, con la delincuencia mejor organizada del mundo, compuesta por seres invisibles a la ley, pero excelentes ejecutores de la muerte, títeres al fin de un mundo lleno de cobardía en un país que durante decenios presumió valentía sin par.

Los altares de hoy estarán repletos de plegarias, de esperanzas, de la ilusión de tener al hijo, al padre, al amigo en la cena anual.

Pero no para celebrar su llegada, sino para reclamar desde el mismo purgatorio, el genocidio que aterroriza a los mexicanos que han perdido a sus jóvenes, inocentes o no, en una guerra de la que nadie se salva.

Jóvenes embaucados en un ejército de sicarios llevados por la necesidad y el hambre, por la falta de oportunidades en una patria secuestrada por una banda de saqueadores que se esconden tras el miedo que han provocado.

Por eso hoy no quiero reír con la muerte, no puedo festejar su día, es como faltar al repeto a los miles de fallecidos que han enlutado a toda la Nación, es como hacer fiesta porque se mueren los mexicanos sin causa alguna.

Nada que festejar, hemos dicho muchas veces, ni el grito, ni compras, no muertos, pero olvidamos pronto, escondemos reclamos y ofensas y continuamos el paso de siempre, marcado desde hace mucho, paso al que ya nos hemos acostumbrados, a estar callados y sumisos.

En esta tierra ensangrentada, donde la muerte ha sentado sus reales, como la reina de los sicarios, no es justo rendirle pleitesía, más bien es necesario reclamarle, gritar todo el dolor causado como un homenaje a quienes se llevó por capricho de almas negras de intereses bajos, de ambiciones desmedidas.

Recordar y llorar a nuestros muertos, es necesario, urgente, no olvidarlos es esencial para que nunca olvide el gobierno que evita ver la realidad creada, que aún estamos enojados, que la semilla de la insurrección germina sobre las fosas clandestinas, sobre las tumbas recuperadas, sobre el recuerdo de los desaparecidos.

Hoy no tengo ganas de reír con la muerte. 

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