Viernes 18 Agosto 2017

Margarito Escudero Luis

El caso Duarte destapó una cloaca que todos sabíamos que ahí estaba, cubierta por la impunidad que generan los políticos encaramados en el poder actual.

Ahora, como cucarachas fumigadas comienzan a salir de sus escondites, para asegurar a la opinión pública que nada tienen que ver con el ahora abandonado, defenestrado y odiado ex gobernador Javier Duarte.

Triste es ver la calidad humana, sobre todo de aquellos juraron formalmente cumplir y hacer cumplir las leyes mexicanas y someterse a la demanda de la nación si así no lo hicieran.

Le apostaron al olvido, a la impunidad y a la pudrición del aparato político mexicano, su objetivo no fue servir, sino servirse y, en todo caso, prefirieron guardar cómplice silencio mientras atestiguaban latrocinios, robos, engaños, abusos, violaciones a la ley; es decir, evadieron su responsabilidad como ciudadanos y como funcionarios y simplemente dejaron hacer.

Prefirieron hacerse los occisos, de alguna manera en ese flujo de corrupción, fueron salpicados; así que ahora no tienen forma de justificar nada, son tan culpables como el ahora detenido en Guatemala y deberían rendir cuentas a la justicia y a los ciudadanos veracruzanos.

“Deberían”. Porque en ese entramado que los políticos han construido a través de tantos años de corrupción, siempre tienen una salida, un amigo, un funcionario que les deba algún favor. Siempre encuentran el “recoveco en la ley” que una vez mencionó Vicente Fox.

Pero también son susceptibles de ser alcanzados por la desesperación y, al verse en la tablita, comienzan a salpicar caca por todos lados para embarrar a cuanta persona se deje y a cuantos agarren desprevenidos.

Peor aún, muchos no dudan en dejar al grupo que los cobijó durante toda su trayectoria de corrupción en un desesperado “¡Sálvese quien pueda!” y brincan a los grupos que están creciendo o se prestan al juego oficial para salvar el pellejo o cualquier cosa que les permita seguir succionando de las ubres del erario.

Los mexicanos de a pie estamos atestiguando una debacle del sistema político mexicano y lo más absurdo que nos pueda suceder, es que permitamos que sean los mismos de siempre quienes se ostenten como los salvadores, como los creadores de un nuevo sistema, y sean los mismos que permanezcan en los cargos públicos.

Porque, si son los mismos de siempre, lo más seguro es que hagan lo mismo que han aprendido a hacer durante toda su vida.

Claro que también le apuestan a la dejadez del pueblo mexicano, al valemadrismo impulsado desde las esferas de poder para mantener a la gente calmada, que no salten para estropear sus planes de enriquecimiento desmedido, de traición a la Patria, de entreguismo internacional.

Se trata de un binomio que permitió a la clase política encumbrarse, apoderarse del país y actuar en función de sus intereses personales y de grupo, dejando de lado el interés colectivo y el beneficio de todos los ciudadanos.

Es decir, para que los políticos pudieran hacer y deshacer a su antojo, era condición obligada mantener a la mayoría de la población ajena al quehacer político, entretenida en asuntos sin valor real, como el futbol y las telenovelas, como hinchar el orgullo nacional en cosas baladíes, como los quince años de Rubí que ocuparon sendos espacios en los medios de cobertura nacional.

Triste pues la realidad mexicana.

Sin embargo, ahora que el hartazgo cubre todo el territorio nacional, que el desastre ya alcanzó todos los niveles de la sociedad mexicana, entonces salen a echar culpa a otros y buscan la redención jurando que serán mejores.

¡Qué los compre quien no los conozca!

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