Viernes 24 Noviembre 2017

Por Plinio Soto Muerza

En la vieja Rusia zarista los días y los años se seguían bajo el calendario juliano, una herencia de los tiempos del romano Julio Cesar, y que los jerarcas ortodoxos defendían en contra sentido del calendario gregoriano, que era empleado ya entrado el siglo XX en la mayoría de los países occidentales.  Para los jefes de la iglesia ortodoxa, y por ende los zares, usar el calendario gregoriano hubiera representado acertar la autoridad del papa romano, lo que evidentemente les era impensable. De tal forma, para 1917, Rusia y sus zares, todavía empleaban el calendario juliano. En ese estado autocrático de los zares, con una dinastía que llevaba más de 400 años en línea directa (los Románov), se producirá el evento histórico más transcendente del siglo XX, por sus implicaciones políticas, sociales y económicas: la Revolución de Octubre, o conocida también como la primera gran revolución socialista.

En el calendario juliano, la revolución encabezada por el bolchevique Vladimir Ilich Uliánov, universalmente conocido como Lenin, acontece el 25 de octubre, pero  cuando el propio Lenin promueve el cambio de calendarios, y se adopta el calendario gregoriano, ya no como una aceptación de la autoridad papal, sino como una necesidad de correspondencia con el resto de los países, la fecha de la revolución y su consiguiente conmemoración, se fijó para el 7 de noviembre. En los años posteriores, la Revolución de Octubre de Lenin, será conmemorada oficialmente el 7 de noviembre.

El pasado 25 de octubre se cumplió 100 años del acontecimiento revolucionario, e iniciaron diversos festejos en el mundo, incluidos los que promueve el hoy Partido Comunista de Rusia. Pero también este próximo 7 de noviembre se recordará todavía en muchas partes del mundo.

La gran revolución rusa de 1917 ha sido un poderoso imán para la narrativa, y desde aquellas gestas de la toma del poder por los trabajadores rusos, se ha escrito demasiado, y pese al estrepitoso derrumbe de la propia Unión Soviética en 1992, los efectos de aquella histórica fecha aún mueven sentimientos.

Para las nuevas generaciones, nombres como Pável Korchaguin, Pelagia, Vania Gálchenko, la combatiente Liudmila Pavlichenko, el gran Vassili, o bien Zinóviev, Kámenev, Bujarin, son extraños y fuera de la realidad del consumo. Otros nombres podrán relacionarlos como simples personajes en algún pasaje de la historia; Trotsky, Stalin, y el propio Lenin son vistos en los tonos grises y aburridos en las clases de historia universal de no pocas escuelas. A cien años de la Revolución de Octubre, pareciera que lo que narró John Reed ha sido olvidado y enviado como un mal sueño al baúl de los recuerdos de la historia.

Sin embargo, la Revolución de Octubre está ahí, moviendo entre los vivos y recuperando sus trozos de historia arrebatadas; levantándose de sus caídas a las que la condujeron dogmáticas concepciones, interpretaciones forzadas y lecturas prejuiciosas. La toma del Palacio de Inverno por obreros, soldados y marinos, ha sido reconstruido como lo es la misma construcción de las utopías. En medio de un mundo atroz por el salvajismo que se describe en los diarios, lo prometido por la Revolución de Octubre se crece inmensamente.

Las causas que dieron origen al ideal revolucionario en la Rusia de 1917, como en otras tantas revoluciones durante todo el siglo XX se mantienen en esencia. Claro que hay una diferencia enorme entre el mundo aquel de los zares, y la opresión entre señores y siervos, y lo que hoy en el mundo de principios del siglo XXI observamos. Pero la sola existencia de un mundo amenazado con la destrucción total por las armas nucleares, y el abismo cada vez más creciente entre los ricos globales y los miserables del mundo, justifican que se revisen los alcances de aquel octubre rojo, y cobra singular significancia el llamado de Lenin a considerar terminar la guerra imperialista que sólo le daba a la Rusia de aquel momento enorme sufrimiento y miseria. Hoy cuando los tambores de la guerra todavía se escuchan, cuando el mundo observa impávido que el gasto militar de las potencias e incluso de los países no desarrollados es muy superior a la inversión en el gasto en salud, educación, alimentación, el ideal de un mundo sin guerra y una lucha decidida por la paz mundial, es un resorte que mueve los sentimientos de los pueblos.

Sin duda el ideal de la Revolución de Octubre se haya todavía presente en las luchas de los pueblos en todos los rincones del planeta. Sin duda los problemas de este momento en el mundo globalizado son diferentes a los que hace cien años se enfrentaban los bolcheviques y los revolucionarios; sin duda la revisión de la propia revolución debe de hacerse con todas las lecciones aprendidas, con un espíritu democrático, abierto, incluyente, tolerante y plural. El mundo de hoy exige acciones contra la pobreza, la inseguridad, la desigualdad y la injusticia, y a cien años, y en el marco de la conmemoración del inicio de la revolución de los soviets, bien vale la pena reflexionar sobre los caminos que la humanidad enfrenta hoy: sin dogmas y construcciones preestablecidas. 

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