Domingo 17 Diciembre 2017

Nuestro romance con lo digital se ha terminado

Hace una década compré mi primer teléfono inteligente: un pequeño y torpe BlackBerry 8830 que tenía una elegante funda de piel. Me encantaba ese celular. Adoraba la manera en que fácilmente entraba y salía de su funda, me encantaba la suave vibración que emitía cuando llegaba un correo electrónico, amaba el sonido silencioso de su rueda de desplazamiento mientras jugaba Brick Breaker en el metro y la sensación de sus pequeñas teclas bajo mis pulgares gordos. Era el mundo en mis manos y cuando lo apagaba me sentía solo y ansioso.

Como la mayoría de las relaciones en las que nos involucramos con el corazón agitado, nuestro romance con la tecnología digital nos prometía el mundo: ¡Más amigos, dinero y democracia! ¡La música gratuita, las noticias y el envío de toallas de papel el mismo día! Una risa por minuto y una fiesta constante en la punta de nuestros dedos.

Muchos de nosotros nos tragamos la fantasía de que lo digital mejoraba todo. Nos rendimos ante esta idea y confundimos nuestra dependencia con el romance, hasta que fue demasiado tarde.

Hoy, cuando mi celular está prendido, me siento ansioso y cuento las horas que faltan para que pueda apagarlo y relajarme de verdad. La aventura amorosa que alguna vez disfruté con la tecnología digital se acabó. Y sé que no soy el único.

Diez años después de que el iPhone nos sorprendiera por primera vez, es inevitable el aumento de la desconfianza en las computadoras, tanto en nuestras vidas personales como en la sociedad en general. Esta temporada de publicaciones está llena de libros que nos advierten sobre los efectos perjudiciales de la tecnología digital en nuestra vida: lo que los teléfonos inteligentes les están haciendo a nuestros niños; cómo Facebook y Twitter están erosionando nuestras instituciones democráticas; los efectos económicos de los monopolios de la tecnología.

Una encuesta reciente del Pew Research Center señaló que más del 70 por ciento de los estadounidenses estaban preocupados por el impacto de la automatización en los empleos, mientras que solo el 21 por ciento de quienes respondieron una encuesta de Quartz dijeron que le confían a Facebook su información personal. Casi la mitad de los milenials se preocupa por los efectos negativos de las redes sociales en su salud física y mental, de acuerdo con la Asociación Psiquiátrica Estadounidense.

¿Y ahora qué?

Por mucho que fantaseemos al respecto, quizá no borraremos nuestras cuentas de las redes sociales ni vamos a echar a la basura nuestros celulares. Lo que podemos hacer es recuperar un poco del sentido de equilibrio en nuestra relación con la tecnología digital, y la mejor manera de hacerlo es con lo analógico: el ying del yang digital.

Afortunadamente, el mundo análógico aún está aquí, y no solo está sobreviviendo, sino que en muchos casos está prosperando. Las ventas de los libros impresos tradicionales están aumentando por tercer año consecutivo, de acuerdo con la Association of American Publishers, mientras que las ventas de libros electrónicos han disminuido. Los discos de vinilo han tenido un auge de popularidad que ya lleva una década (más de 200.000 discos se venden cada semana en Estados Unidos), mientras que las ventas de cámaras de fotografías instantáneas, cuadernos de papel, juegos de mesa y boletos para espectáculos de Broadway están creciendo de nuevo.

Este sorprendente cambio de suerte para tecnologías analógicas aparentemente “obsoletas” a menudo se califica como una nostalgia por la época predigital. Pero los consumidores más jóvenes que jamás tuvieron una bandeja para escuchar discos de vinilo y tienen pocos recuerdos de la vida antes de internet son responsables de gran parte del interés actual en lo analógico, y a menudo este segmento abarca a quienes trabajan en las empresas más poderosas de Silicon Valley.

Lo análógico, aunque es más incómodo y costoso que sus equivalentes digitales, proporciona una riqueza sensorial que no tiene equivalente con nada de lo que se vive a través de una pantalla. La gente está comprando libros porque estimulan casi todos los sentidos, desde el olor del papel y el pegamento hasta la vista del diseño de la cubierta y el peso de las páginas leídas, el sonido que hacen al cambiarlas e incluso el sutil sabor de la tinta en la punta de tus dedos. Un libro puede comprarse y venderse, darse y recibirse, y también se puede mostrar en un estante para que todos lo vean. Puede detonar conversaciones y cultivar romances.

Los límites de lo análógico, que alguna vez se consideraron una desventaja, cada vez más se convierten en uno de los beneficios a los que la gente está recurriendo como un contrapeso para la fácil manipulación de lo digital. Aunque una página de papel tiene los límites de su tamaño y la permanencia de la tinta que lo marca, hay una eficiencia poderosa en esa simpleza. La persona que tenga una pluma mientras lee esa página tiene la libertad de escribir, hacer dibujitos o garabatear su idea como lo desee entre esas fronteras, sin las restricciones ni las distracciones que impone el software.

En un mundo de interminables cadenas de correos electrónicos, conversaciones grupales, mensajes emergentes o documentos e imágenes con miles de modificaciones, el jardín amurallado de lo analógico nos ahorra tiempo e inspira la creatividad. A los diseñadores web en Google se les ha pedido que utilicen papel y pluma como un primer paso cuando proponen ideas para nuevos proyectos durante los últimos años, porque eso da como resultado mejores ideas que las que comienzan en una pantalla.


Lo analógico es perfecto sobre todo a la hora de animar la interacción humana, lo cual es crucial para nuestro bienestar físico y mental. La dinámica de un profesor que trabaja en un salón de clases lleno de estudiantes no solo ha comprobado ser resiliente, sino que una y otra vez se ha desempeñado mejor que los experimentos de aprendizaje digital. Lo digital podría ser extremadamente eficaz a la hora de transferir información pura, pero el aprendizaje ocurre de mejor manera cuando nos basamos en las relaciones entre estudiantes, profesores y compañeros.
En contraste con las “comunidades” virtuales que hemos construido en línea, lo analógico verdaderamente contribuye con los lugares reales donde vivimos. Me he hecho amigo de Ian Cheung, el dueño apropiadamente necio de June Records, que vive al final de la calle donde se ubica mi casa en Toronto. No solo me beneficio de los ingresos fiscales que June Records contribuye como negocio local (pavimentar las carreteras, pagarles a los profesores de mi hija), sino también de vivir cerca. Al igual que la ferretería, la tienda de productos italianos y el carnicero en la misma cuadra, la presencia física de June le agrega a mi vecindario un sentido de lugar (como, por ejemplo, un lugar con una selección genial de Cannonball Adderley y álbumes independientes locales) y me da una sensación de pertenencia. Tampoco dudo que, a diferencia de lo que ocurre en Twitter, Ian de inmediato echaría a cualquier nazi o misógino delirante que comenzara a despotricar dentro de su tienda.

No enfrentamos una simple decisión entre lo digital o lo analógico. Esa es la lógica falsa del código binario con el que las computadoras están programadas, la cual ignora la complejidad de la vida en el mundo real. En vez de eso, estamos ante una decisión de cómo lograr el equilibrio adecuado entre ambos. Si tenemos eso en mente, estamos dando el primer paso hacia una relación saludable con toda la tecnología y, lo más importante, entre nosotros.