Miércoles 15 Agosto 2018

El primer Mundial es como el primer amor’: recuerdos mundialistas

Una hincha peruana miraba la derrota de su selección ante Francia en la zona de aficionados de la FIFA en Sochi, el 21 de junio de 2018. CreditMohamed Messara/Epa-Efe, vía Rex, vía Shutterstock

 

El Mundial es uno de los eventos deportivos más populares del mundo, pero a la vez es un suceso profundamente personal, un momento masivo que deja una marca muy precisa en nuestra biografía. Cada Copa del Mundo es distinta, porque, como dijo Denis Law, “lo único que no ha cambiado en la historia del fútbol es la forma del balón”.

Este, por ejemplo, fue el primer Mundial con videoarbitraje y ahora los jugadores contaban con un recurso inédito: con los dedos índices trazaban en el aire un rectángulo, el VAR. Algunas de las jugadas más angustiantes pasaron por un árbitro corriendo fuera del campo a ver la repetición en una pantalla.

También, fue el Mundial del balón parado: más del 40 por ciento de los goles fueron marcados de tiro libre, penal o de saque de esquina. Así fue que el colombiano Yerry Mina rompió récord como un defensa goleador. Fue, del mismo modo, el Mundial en el que Perú regresó a una Copa del Mundo y miles de hinchas de la Blanquirroja hicieron de Rusia una segunda casa.

En los primeros días del Mundial invitamos a nuestros lectores a compartir un recuerdo significativo relacionado con el evento más importante del fútbol. Ahora, a unos días de que termine, presentamos algunas respuestas, editadas para adecuar su extensión y darles mayor claridad.

Rolando Orduña

TEZIUTLÁN, México — Fue en 1990 cuando vi mi primer Mundial y estaba en sexto de primaria. Un día normal de clases, ese 8 de junio no iba a poder ver el partido inaugural. No me parecía justo, más cuando todos hablaban de la Argentina de Maradona y un rival aparentemente débil, Camerún. En las escuelas se usaba tener un peluquero de planta y, para mi suerte, ese día decidieron pasar a las aulas a revisar a los alumnos pachones. Ese fue mi pase a ver el juego: el peluquero tenía una televisión. Nunca festejé tanto un castigo.

Ahí, reunido con la fraternidad de melenudos de sexto año, vi el frentazo de François Omam-Biyik y el error del portero Nery Pumpido. La sorpresa había ocurrido, Camerún venció a Argentina. Grité el gol y desde entonces me enamoré de los colores de los uniformes, del estadio de San Siro, de que la vida podía ser algo inesperado. A la salida del colegio compré el álbum oficial, quería conocer a los jugadores de esa selección africana que había sorprendido al mundo. El Mundial me había enganchado.

El primer Mundial es como el primer amor. Aunque mí país no participó, entendí que la cita de cada cuatro años me depararía muchas emociones.

Andrea Reinking

JAMESVILLE, Nueva York, Estados Unidos — Cuando era chica, mi mamá veía el Mundial con una pasión irreconocible en ella. En el momento en que México metía un gol le veía salir una emoción inusual, un ánimo que muy raras veces nos dejaba ver. Y, cuando no metían gol, hacía gala de su sentido del humor. Mis recuerdos del Mundial no son solo los goles de Pelé o Beckenbauer, son ver a mi mamá bajo una luz que casi no veíamos nunca.

Pedro Aguilar Cabrera

VALPARAÍSO, Chile — Aún no había cumplido 11 años y tenía todo el tiempo del mundo para ver el Mundial de 1986, en México. No habían pasado más de diez minutos desde que mi papá se sentó a ver el partido de Argentina contra Inglaterra, un domingo 22 de junio, cuando sucedió algo increíble. El mejor jugador del mundo tomó la pelota en la mitad de la cancha, de espaldas al arco, y comenzó a sortear ingleses como si fueran palitroques hasta que, con un toque sutil, superó al arquero. Un gol más, dirán muchos, pero esa jugada, ese día, en ese estadio y contra ese rival, debe ser el momento más glorioso de la historia del fútbol.

Hacía apenas cuatro años, cientos de argentinos habían muerto en una guerra sin sentido —como todas— contra un enemigo poderoso, Inglaterra. Entonces ya llevaban seis años sufriendo una dictadura militar que los tenía aplastados. Ese día, el mundo del fútbol se rindió ante el Pelusa, que venía de uno de los barrios más pobres de Buenos Aires y que con su genialidad hizo gritar a todo el planeta, incluido uno que otro inglés.

Casimira Guerrero

SANTO DOMINGO, República Dominicana — La República Dominicana es famosa por el béisbol, no por el fútbol. Pero empecé a aficionarme al fútbol a partir del Mundial de México 1986, que veía después de la escuela. Era una de las pocas dominicanas que seguía la Copa del Mundo y es una fascinación que conservo hasta hoy.

Para el Mundial de Corea-Japón 2002 tenía que levantarme a las 2:00 a. m. para ver a mis equipos favoritos: Brasil e Italia. La final la vi en una discoteca abarrotada por los clientes del hotel donde trabajaba. Fue un día espectacular.

Ahora mi hijo también es aficionado al fútbol. Es una pasión que los dos compartimos.

Andrea Limongi

PORTOVIEJO, Ecuador — Nunca he estado físicamente en un Mundial, pero eso no significa que no los haya vivido. La Copa del Mundo más emocionante fue la primera en la que participó Ecuador, Corea-Japón 2002. Por unos días, todo en Ecuador fue positivo y motivador, nadie hablaba de política ni de los problemas del país. En ese entonces, entrevisté a Alfonso Obregón, el representante de mi ciudad de esa selección. Lo había visto muchas veces, pero esa vez fue diferente, ya era un héroe. Él, junto a Aguinaga, Kaviedes, Hernán “el Bolillo” Gómez —el entrenador de esa selección, un hombre alegre y sencillo— nos enseñaron que el trabajo duro da resultados: el que la sigue, la consigue.

María Malavasi Lachner

SAN JOSÉ, Costa Rica — Recuerdo que en las semanas anteriores al comienzo de Brasil 2014 leí en algún análisis deportivo que ante Inglaterra, Italia y Uruguay, la pequeña Costa Rica tenía pocas oportunidades de hacer un buen Mundial. El 29 de junio de 2014 el discurso era otro. El Matagigantes, la Muerte, la Cenicienta había sido la revelación del grupo D, que era quizás el más complicado de ese Mundial.

Ese día nos jugábamos el pase a cuartos de final por primera vez en nuestra historia futbolística y el partido se extendió a los penales. No soy religiosa, pero esa tarde, en la casa de un amigo, recuerdo ponerme de rodillas y pedirle, con el estómago hecho un nudo, a san Keylor Navas que nos hiciera el milagro de tapar un penal. Cuando fue el turno de los griegos de lanzar, el arquero me respondió. Nunca había saltado tan alto. Ni un gol podía haberme hecho gritar así de alegría y luego abrazar a tantos extraños durante la celebración de un triunfo que cuatro años después nos sigue ilusionando.

Keylor Navas detuvo el penal cobrado por el griego Theofanis Gekas en el Mundial de Brasil 2014.CreditYuri Kochetkov/European Pressphoto Agency

Nadie conoce el sentimiento de unión, fuerza y esperanza que algo así puede provocar en un país hasta que lo vive, especialmente en uno como el nuestro: pequeño y a menudo descartado. Tal vez pasen décadas antes de volver a sentirlo, pero me queda por siempre la dicha de haberlo presenciado.

Jesús García Alvarado

MONTERREY, México — En el Mundial de Francia 1998, México perdía 2 a 0 con Bélgica. Mis padres, mis dos hermanos y yo estábamos en casa, tristes y enojados. Las cosas no salían bien. Pero, de pronto, México metió un gol y empezó a jugar mejor. Jesús “el Cabrito” Arellano tomó un balón en media cancha, lo condujo unos metros y con una finta la pasó a Ramón Ramírez, quien desbordó y mandó centro al segundo poste. El balón venía cayendo y, lo recuerdo como si el tiempo se suspendiera, Cuauhtémoc Blanco brincó. La familia estaba en vilo y todo el país estaba congelado ante la espera. Blanco, de forma poco elegante pero muy efectiva, anotó y todos gritamos. Nos abrazamos, nos felicitamos, aplaudimos.

Fue un momento emocionante, los mexicanos sí podíamos. Aquel 20 de junio de 1998 demostramos que sí podemos trabajar en equipo, que no estamos destinados a perder, que podemos construir nuestra suerte. A veces, cuando enfrento alguna adversidad, recuerdo ese gol, el momento familiar y, gracias al futbol, renuevo la esperanza.

Eduardo Villanueva Mansilla

LIMA, Perú — Como peruano, mis recuerdos de la Blanquirroja son mínimos y no siempre positivos. El horror del 6 a 0 en Rosario sigue presente, y sigue siendo una interrogante: ¿cómo pudo ocurrir?

Pero las alegrías que quedan grabadas no tienen que ver necesariamente con mi selección. Con ocho años, y sin entender mucho de fútbol, vi, quizá en una repetición, el primer gol de Cruyff a Argentina en 1974. Me bastó para quedar cautivado de por vida con el fútbol como deporte, como forma de acción y de arte. Todavía recuerdo la sensación que me dejó: asombro seguido de admiración.

Es lo que sigo buscando en los Mundiales, a veces más que las alegrías de origen nacional: el éxtasis de ver a alguien hacer algo que no debería poder hacerse, el gol, el quiebre, la tapada incomprensible, sobrehumana. Busco esa emoción que me regresa a mis ocho años y esa imagen en blanco y negro de un pelucón de un lugar exótico llamado Holanda, haciendo lo que no se supone que se pueda hacer.

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