Margarito Escudero Luis
Solo 80 años tuvieron que pasar antes de que otro loco se sintiera dueño del mundo y creyera que tiene capacidad y autoridad para meterse en casa de sus vecinos y tomar decisiones sobre sus vidas y voluntades.
En la década de los 30’s del siglo XX, el mundo vio como en Alemania se preparaba la venganza por la derrota sufrida en la Primera Guerra Mundial y nadie hizo caso.
Los resultados fueron catastróficos para la Humanidad, millones de seres murieron, víctimas de la locura supremacista de un individuo, sus sueños de grandeza y sus cómplices.
En 1949 las naciones se unieron con la intención de crear un organismo que impidiera que esa atrocidad se repitiera.
Solo que ese organismo quedó bajo la sombra de una de las superpotencias surgidas de aquel conflicto.
¿Sirvió de algo la ONU?
Hoy, a 80 años de distancia, el mundo observa otra vez como un supremacista promete hacer grande otra vez a su país pasando por encima de todo aquello que se lo impida.
El derecho internacional, la diplomacia, el sentido común, el derecho a la vida de todos los seres humanos de cualquier color de piel, de cualquier idioma y de cualquier parte del mundo, no importan nada si se trata de mantener la supremacía mundial.
Pareciera que al resto de la humanidad solo nos queda observar en la quietud de la cobardía y el miedo sembrado desde hace décadas en los países que no cuentan con el poderío militar para enfrentarlos.
Paises que tienen lo que ellos quieren y van a robarlo, a arrebatarlo para transformarlo en poder para continuar con nuestro sometimiento.
En la década de los 40’s del siglo pasado, por fin se comprendió que una alianza poderosa sería la solución para detener la locura de la guerra.
80 años después sabemos cuál es la solución y deberíamos aplicarla antes de la tragedia.
Gaza y Venezuela son el principio de la caída del pacto firmado en 1949 para evitar repetir la masacre.
Pero si nadie aprendió aquella lección, estamos condenados a repetirla.
