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Recordemos aquel junio de 2018, cuando la jornada electoral se conmmmvirtió en una fiesta cívica, las casillas electorales presentaban largas filas de votantes, como nunca se vio en los pasados años en los truculentos triunfos priistas.
Antes de ese día hubo una gran campaña, un hombre ofreciendo una esperanza, prometiendo un cambio profundo en la estructura politica y administrativa de México.
Recorriendo todo el país con el mismo discurso, basado en la Historia mexicana.
Y convenció a la gente con frases como: “por el bien de todos, primero los pobres”.
Le contó al pueblo que había una “mafia del poder” entreguista y apátrida que debía ser sacada del gobierno.
Despertó en los ciudadanos la conciencia de clase y logró que advirtieran el gran poder que juntos tenían para eliminar a esa mafia.
“Solo el pueblo puede salvar al pueblo”, les devolvió la fe en ellos mismos y diseñó el rumbo para hacerlo de manera pacífica, usando las leyes que regían para la mafia, entonces se supo que “Solo el pueblo organizado puede salvar a la Nación”.
Y la gran mayoría de mexicanos votantes se convenció de poder lograrlo.
Así llegamos a las urnas el primer domingo de junio de 2018, una avalancha ciudadana abarrotó las casillas con el arma más poderosa en tiempos de paz: ¡el voto!
Aquel bloque ciudadano, casi monolítico aplastó a la mafia del poder…
O por lo menos eso parecía.
Con 30 millones de sufragios, no se necesitaron “alianzas estratégicas”, pactos inconfesables ni apoyo extranjero.
Bastó la voluntad popular, el pueblo organizado, despierto y consciente para lograr la transformación prometida.
Pero dejaron la puerta abierta para los “arrepentidos” que reconocieron su “equivocación” y les llamaron “amigos” y así se enlodó el camino rumbo a la Cuarta Transformación.
Esos “arrepentidos” sacaron el cobre, muestran su verdadero rostro y están a punto de lograr su traición a la Esperanza de México