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LISZTOMANÍAPor: Óscar Lainez Castillejos
La siguiente pregunta siempre ha calado en la mente de los amantes de la buena música: ¿Quién fue el primer rockstar de la historia?
Si nos vamos a las raíces, se podría decir que Fue Elvis Presley, “El Rey del Rock and Roll”. Sus detractores dirían que posiblemente fue Little Richard o en su caso Chuck Berry, otros se irían un poco más atrás y podrían señalar al gordito de New Orleans Fats Domino o a su paisano Lloyd Price (de éste último así lo aseguraba Bill Wyman) o tal vez el excéntrico Screaming Jay hawkins. O como alguna vez el crítico musical Greil Marcus escribió para la Rolling Stone: “Robert Johnson es una especie de popstar invisible”, debido a la gran influencia que el músico de blues ejerció en muchos artistas y bandas de los sesenta aunque la gran mayoría de la gente de la época ni siquiera lo conocía; estos son tan sólo algunos ejemplos por mencionar ciertos nombres.
Pero también los más “contemporáneos” seguramente señalarían al poeta Jim Morrison y su forma de incitar a las masas a la rebeldía por medio de sus letras transgresoras. Los más vanguardistas sin lugar a dudas dirían que ese lugar le corresponde a Lou Reed, líder y fundador del Velvet Underground, banda que en sus días tan solo vendió un millar de discos, pero cada persona que los compró formó una banda de rock (Brian Eno, sic). Y que me dicen del abuelo del punk, Iggy Pop, el primero en cortarse el pecho con una botella rota sobre el escenario, y de ahí sus hijos putativos de los Sex Pistols, un tal Johnny Rotten y el inepto y malogrado “bajista” Sid Vicious, eso sí, ícono del punk por derecho propio. O Posiblemente ese lugar le corresponda al sexy Robert Plant con su alto rango vocal o a su socio en Led Zeppelin Jimmy Page, el Paganini de la lira eléctrica, ni que decir del master Jimi Hendrix y sus extravagancias sobre el escenario además de tocar la guitarra como todo un Dios. ¿Y el siempre requerido Mick Jagger en donde lo pondrían? Posiblemente cualquier “joven” de la llamada generación “X” diría que el verdadero ícono del rockstar fue en realidad Kurt Cobain, aunque éste en vida renegara de tal calificativo; incluso los más arriesgados señalarían a Axel Rose y los más exagerados a Steven Tyler. En fin, podríamos seguir mencionando cientos de nombres del Partenón del rock de acuerdo a nuestros gustos y apreciaciones.
Pero según los críticos musicales y expertos en el tema, señalan que tal designación le corresponde al gran pianista y compositor húngaro Franz Liszt (1811-1886). Dicen que cuando lo veían entrar a la sala de conciertos las féminas se volvían histéricas. El músico llegaba luciendo su larga cabellera lacia, ataviado en un impecable traje confeccionado por alguno de los grandes sastres de la época, y que a decir de los amantes de su música, se amoldaba a la perfección con su anatomía, caracterizada por un parco rostro ovalado de nariz afilada y penetrantes ojos de gato, junto a una espigada figura que cuando se sentaba al piano dejaba ver sus largas piernas. Decían los hombres y mujeres de sus tiempos que Liszt exudaba “una belleza salvaje”. Una vez sentado frente al instrumento, Liszt se quitaba los guantes de cuero, los arrojaba de forma negligente al suelo en medio de un millar de suspiros femeninos y comenzaba a tocar. Sus delgados, largos y finos dedos parecían volar como pájaros en desbandada sobre las teclas al tiempo que su melena hasta los hombros se movía al ritmo de la música.
Al verlo, las asistentes se volvían locas, incluso algunas hasta se desmayaban. Otras corrían al escenario, empujándose las unas con las otras, como un moderno “slam”, ya fuese para tomar los guantes o bien cualquier otro objeto que el músico dejara caer, incluso las colillas de cigarro que dejaba a su paso una vez terminado el recital. Durante el tiempo en que éste transcurría, las mujeres le lanzaban flores al escenario, y aunque no faltó alguna que otra dama “desbocada” que le aventó el liguero ante la mirada de asombro e incredulidad de los hombres ahí presentes, jamás nadie se atrevió a enfrentar o reclamar al músico la euforia que causaban sus presentaciones, ni siquiera la crítica alemana de la época, quienes veían en Lisz a un genio, al igual que sus colegas contemporáneos y demás artistas dedicados a otros rubros del arte, como pasó con el poeta Heine, quien acuñó por vez primera el término “Lisztomanía”, usado para referirse al fanatismo generado por Liszt entre el público, tal y como sucedió con la “Beatlemanía” siglos después.
Las mujeres le lanzaban flores al escenario, y aunque no faltó alguna que otra dama “desbocada” que le aventó el liguero ante la mirada de asombro e incredulidad de los hombres ahí presentes, jamás nadie se atrevió a enfrentar o reclamar al músico la euforia que causaban sus presentaciones.
Es importante señalar que durante sus años mozos de aprendizaje en Paris, Liszt se codeó con músicos de la talla de Chopin, Berlioz y Mendelssohn, pero si hubo alguien que ejerció una gran influencia sobre él, éste fue definitivamente Paganini, el “violinista del diablo”, quien se convirtió en su máxima inspiración después de haber asistido a uno de sus conciertos en la Ciudad Luz. El virtuosismo de Paganini fue lo que lo inspiró a practicar por horas enteras pues quería lograr la perfección. Empleándose de cuatro a cinco horas al día le confesó a un amigo y colega: “Si no me vuelvo loco, pronto encontrarás en mí a un gran artista”.
Liszt se retiró de los escenarios en 1848 a la sazón de 35 años para dedicarse de lleno a la composición, docencia, y como director musical del duque de Weimar. Pero la importancia de este genio radica no sólo en su virtuosismo y en sus hermosas composiciones, sino también en su personalidad dinámica, no nada más de manera sexual, sino también desde el aspecto dramático, alguien que como un gran orador, fue capaz de cautivar a la audiencia. Hoy en día además de sus grandiosas composiciones, de su personalidad y de ser el pianista más brillante de todos los tiempos, se sabe que Liszt también fue un gran innovador en muchos otros sentidos, como por ejemplo, fue el primero en dar él solo un recital y dejar de considerar al piano como parte de una orquesta, además de colocar el instrumento de lado y no de frente al público, con el objeto de que los asistentes vieran el teclado y el movimiento de sus ágiles manos y dedos.
A su muerte la Universidad de Berlín suspendió las clases para que los alumnos participaran en un desfile dedicado a despedir al artista, algo inédito para la época.
Para finalizar quisiera recomendar una película que retrata la vida del grandioso Franz Liszt desde el punto de vista de una de sus tantas amantes: Listomania de 1975 y dirigida por Ken Russell, y en el papel de Liszt pues quien más sino Roger Daltrey, quien también es por derecho propio un rockstar…¿o no?